La Crítica ha hablado:

¿QUÉ BELLO ES VIVIR?

 

La historia de siempre: chico conoce a chica... La historia de siempre pero contada de una forma especial: chico conoce a chica y empiezan a ocurrir (o a poder ocurrir) cosas...

 

Constelaciones como el propio cosmos caótico que percibimos y tratamos de ordenar (unos de forma magica, otros de forma racional), es un interesante y muy original ejercicio dramático de entropía.  La entropía, según la teoría de la comunicación, es la teoría de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.  Brillantemente, igual que una joven estrella con el primer fulgor, Nick Payne cuenta una historia pero deja a la vista la estructura fragmentaria del caos que la rodea, la ingente incertidumbre que genera la infinidad de positiblidades de esa historia de amor, de vida y muerte -la historia de siempre-, la angustia entrópica de estar tejiendo una tela de araña con multitud de hilos frágiles que puede acabar atrapándote firmemente como un destino o como un absurdo.

 

La historia de siempre: Fran Calvo conoce a Inma Cuevas y empiezan a ocurrir (o a poder ocurrir) cosas... ocurre que hacen sencillo un relato complicado, que hacen particular una historia común, que hacen hermosa y liviana una sensación de ahogo existencial.  Aún podrían estar más contenidos en su actuación, menos arrastrados por el remolino conceptual y formal de Payne, pero Fernando Soto les ha dirigido con eficaz sentido del ritmo y juntos dan alas a un texto que, sin su creatividad y sin su energía, podría aplastarles bajo su peso.  Hay valentía en ellos, talento y mucho trabajo interpretativo para conseguir que sea el espectador quien sienta los variables escenarios emocionales de los personajes y acaso alcance a pedir un deseo en medio de esa lluvia de estrella fugaces que es Constelaciones.

LA RIOJA. CRITICA DE TEATRO. POR JONAS SAINZ.
Crítica CONSTELACIONES- La Rioja - 2 dic[...]
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Es una historia emocionante, con humor y drama, armada con mucho talento, con algunas escenas que me resultaron un poco fatigosas por su lógica reiteración, aunque las variantes sean muy sutiles, y otras (las mejores, a mi juicio) que me pusieron el corazón en un puño. Payne rogó a los críticos ingleses que no revelaran los secretos de la trama, así que cumpliré su petición. El escenario es un rectángulo delimitado por líneas de luz con colores cambiantes, para marcar los cambios de universo, aunque no deja de ser un apunte, una pincelada: al principio crees que te vas a perder, pero los actores y el director, Fernando Soto, te lo cuentan de maravilla.

 

Fran Calvo es Roland, un apicultor que en el transcurso de una barbacoa conoce a Marianne, una física cuántica, y comienzan una relación. El actor está perfecto en el rol de ese hombre sencillo, calmado, enamoradísimo. Inma Cuevas es una actriz poderosa, de gran intensidad, aunque a ratos me resultó un poco excesiva: no sé si el personaje original es tan crispado como ella lo presenta.

 

A medida que avanza el relato, que apenas dura setenta minutos, las interpretaciones adquieren un voltaje muy considerable. No ha de ser nada fácil montar este texto ni llegar a esas cotas de emoción. En mi memoria quedará, entre otras, la escena del lenguaje con signos, que se abre como un remanso antes del torbellino final. Llenazo absoluto y público entusiasta, puesto en pie.

Bajo la firme batuta del también actor Fernando Soto y la inteligente coreografía a cargo de Antonio Gil, aparecen en un cuadrilátero dos excelentes actores, Inma Cuevas y Fran Calvo. Sin el buen hacer de estas cuatro personas, probablemente esta obra no habría tenido mayor repercusión. Y es que no sólo se precisa de un buen texto para que un espectáculo brille, sino de que el punto de vista de todos los implicados converja en un punto determinado.

 

"Constelaciones" es un montaje sencillamente magistral, un mecanismo más complicado que el de un reloj, y una verdadera lección de cómo hacer teatro. Que un texto así de astuto fluya de manera tan natural, y que incluso con el complicado planteamiento del mismo sea capaz de emocionar más que una historia con un esquema al uso, es casi de genios.

Las interpretaciones son prodigiosas. La pareja protagonista tiene una química tal que les permite adaptarse a cualquier tipo de reacción del otro sea cual sea el giro de ese momento en la obra, y esto no es fácil. 

Sobre el escenario/tapete de juego, Inma  Cuevas  y Fran Calvo, hermosos en su transparente desnudez, esencialmente solos, pelean por sobrevivir al destino, juegan y experimentan con distintos lenguajes, con variados mensajes para, desde sus mundos alejados (tierra/aire, teoría/práctica, vida/…) en una locura de opciones, encajar y hallar, como canicas de acero, el orificio en el que descansar, el ser en el que trascender. Devoran y escupen un texto maravilloso que crece en estratos, unos personajes que con desolación reconocemos, con los que nos identificamos.

 Fernando Soto dirige esta propuesta de la mejor manera posible, una sugerente dirección escénica apoyada solo por unos cuantos elementos de atrezo y los zapatos, marcando metafóricamente en cada momento los pasos que deciden las vidas de estos dos protagonistas. Una dirección impecable, que plasma de forma mágica y sencilla la metafísica de la obra.

Si pudiera llevarse a cabo esa propuesta ética nietzscheana del eterno retorno de lo bueno idéntico, sin duda Constelaciones (interpretada y dirigida por este equipo) volvería eternamente. Y si yo pudiera elegir qué ser en otro mundo posible me pediría, sin pensarlo, ser alguno de ellos.

“¿Sabes por qué nadie puede lamerse la punta de los codos?” No, no es un acertijo para lector@s de la revista, ni tiene más premio que el de la obra de Nick Payne, en la que Fernando Soto ha dirigido a Inma Cuevas y Fran Calvo.

 

Es un director minucioso en su trabajo, y se refleja en la manera en que cuida cada instante de las obras, donde el resultado siempre llega a su punto más íntimo para todo el mundo: público e intérpretes. Por su parte, Fran Calvo ha encajado hasta el último instante de su relación con su partener en escena y en esta historia. Pero Inma Cuevas, como ya he apuntado en otras ocasiones, tiene algo más, capaz de convertir el buen vino en una marca reservada para cada persona del público. Aquí, también, porque logra que su personaje vaya construyendo a Roland y, finalmente, somos cada cual.

"Imagínate lanzar un dado 6.000 veces", dice Marianne a Roland cuando se conocen en una barbacoa. ¿Qué pasa después? Quién sabe... entre nada y todo las posibilidades son infinitas. De eso trata 'Constelaciones', de Nick Payne, dirigida por Fernando Soto y protagonizada por Inma Cuevas y Fran Calvo. Marianne y Roland en todas las circunstancias. Eso es lo único que no cambia. La historia de sus vidas, sin embargo, es una variación perpetua sobre una misma partitura.

 

"La idea de poner esta obra en escena llegó por dos caminos distintos. Se estrenó en Londres en 2012. Por su parte, Inma viajó a Londres, la vio y compró el libro. Y yo hice lo mismo en otro viaje. Al cabo del tiempo, tomando un café, los dos teníamos una obra que presentarnos y, al sacarla, dio la casualidad de que era la misma. Así que hablando de universos paralelos...".

La dificultad actoral para los dos interpretes es enorme, pero ellos, en una sintonía generosa, resuelven el embrollo con verdadera sabiduría, ocupando el espacio mientras dibujan esas constelaciones que los conmueven.

 

El director, Fernando Soto, ha conseguido que un texto complejo, repleto de capas y disonancias, muestre en escena (el trabajo en la iluminación y el movimiento escénico funcionan con pequeños detalles que acentúan las cuestiones más escabrosas y, a la vez, no entorpecen el recorrido laberíntico de los relatos) un ejemplo de las posibilidades ignoradas de nuestras vidas.

Fran Calvo e Inma Cuevas, curtidos en el teatro de escuela y en el de la experiencia. Representación icosaédrica de las emociones. Cien escenas con cien matices. Exacta pieza de relojería teatral. Palabra y gesto, a veces mínimo gesto como variante de una misma palabra que hace sentir algo diferente. Teatro puro. Puro teatro.

 

Constelaciones es una obra ingeniosa llena de repeticiones que nada repiten, pues cada una aporta una verdad nueva que rehace el sentido de lo anterior. Es un ir de sorpresa en sorpresa, avanzando por un camino teatral donde el contenido se encuentra más en la interpretación que en el texto en sí. El discurso se mantiene, pero cambia el universo emocional al que se refiere y ahí está el teatro “verité”.

 

La obra, magníficamente dirigida por Fernado Soto, con sus poco más de setenta minutos de duración (el tiempo es irrelevante a nivel de unos átomos y moléculas, nos ofrece un completo viaje emocional totalmente satisfactorio, en el que una Inma Cuevas, inmensa, y Fran Calvo que no le va a la zaga, nos dan una lección de inteligencia emocional importante para la vida. Aplausos y quien pueda ¡que no se la pierda!

Pocas veces tiene uno la grata sensación de salir de una representación y ser consciente de haber asistido a una obra de teatro que se puede considerar una obra maestra. Sensación unánime compartida por mi cabeza y por mi estomago -en mi caso es una especie de sensor emocional-. No se puede rebatir con ningún argumento esta rotundidad al valorar la obra. En esta propuesta nada falla, todo encaja en la ecuación, actores, texto, dirección y puesta en escena se confabulan para crear esta constelación que brilla con luz propia.

 

Los actores, sublimes Fran Calvo e Inma Cuevas, dan un autentico recital interpretativo, mostrando una gran química encima del escenario. Cada movimiento, cada frase, cada mirada, es una autentica delicia, detrás de esa veracidad y naturalidad interpretativa hay mucho curro, conformando unas interpretaciones que permanecerán en mi recuerdo durante bastante tiempo, !Que bestias!. Sin duda gran parte de este poderío interpretativo se debe a la brillante dirección de actores de Fernando Soto, que se ve que que asume la importancia,  lo vital que es para 'Constelaciones', el trabajo profundo con los actores, y !a fe que vaya si lo consigue!, y ademas sin bajar el listón de calidad ni un ápice, en el resto de pilares artisticos de 'Constelaciones'.

Así que me costó más de lo habitual darme cuenta de que algo llamaba mi atención en la cartelera. Me cuesta también irme al Kubik. Pero estaba Inma Cuevas de por medio, y por la Cuevas me voy a donde sea por encima de cualquier malentendido. La conocí en Cerda, la rematé en MBIG y constaté que ni siquiera No son maneras de tratar a una dama podía con ella. Me pongo a investigar, y resulta que he visto a Fernando Soto, el director, en la Madre coraje de Gerardo Vera y en La avería de Blanca Portillo, nada menos. Al que no conozco es a Fran Calvo, es como si me hubiera perdido a posta Secundario, que ha dirigido en La Casa de la Portera (y, ahora, en El Umbral de Primavera), y Tape, que interpreta en La Pensión de las Pulgas.

 

Cubismo temporal. Así que Cuevas y Calvo, que tienen que endilgarnos sartas de conversaciones repetidas, se ven en la obligación de hacer piruetas interpretativas y cambiar de registro a velocidad de vértigo una y otra vez. Es casi como un examen de fin de carrera para licenciarse como actor. A ratos, un pequeño alarde de virtuosismo, muy bien reforzado por los esenciales vestuario y escenografía. O, más bien, por el inteligentísimo uso de ambos elementos. Luz y sonido ayudan también lo suyo.

En resumen: una pieza de teatro de cámara muy bien escrita (se llevó el premio del Evening standard), muy bien dirigida y extremadamente bien interpretada.

De vez en cuando la vida…nos besa en la boca…nos invita a tomar café y es tan bonita que da gusto verla… Estas estrofas son de una canción de Serrat y si, de vez en cuando el escenario nos reconcilia con la vida, con la belleza…A los que somos adictos al patio de butacas, nos supone un balón de oxigeno experiencias como la de Constelaciones y digo experiencias y no obra de teatro porque creo que es más lo primero, aunque tiene mucho de lo segundo. Hay espectáculos que te mantienen entretenido, otros te interesan en una parte u otra de la propuesta y los hay que se van contigo, que se cuelan en tu imaginario y montan las tienda de campaña en un rincón de tu corazón para siempre.

 

Constelaciones es un texto endiablado y emocionante, para un actor es un viaje laberíntico en el que hay que estar volviendo sobre los pasos que se dan y dar saltos hacia adelante constantemente, buscando esa salida que tal vez no existe. Aunque no tiene una estructura convencional, si la propuesta de dirección y actores es inteligente y sensible, se entreabren puertas para que el espectador se cuele y haga del trayecto escénico una experiencia personal profunda. Cuando termina la obra, la sensación es de bajar de la montaña rusa, allí arriba, hemos reído, llorado y sentido mil emociones.

Constelaciones es una historia inteligente, carece de una estructura lineal, salta sobre el tablero donde están las posibilidades que se abren en la vida, y se convierte en un ejercicio para mentes despiertas, porque exige estar dentro de la obra, lanzando el dado junto a los actores. Tiene, además, el mérito de ser una obra conmovedora con el don de provocar las lágrimas sin ir a buscarlas con recursos fáciles.

Tengo que volver a los indudables amos de la función. Inma Cuevas es una verdadera fiera con su interpretación, consiguió acelerar mis pulsaciones, que apostara por su relación, que sufriera, que quisiera mitigar de algún modo su dolor. Fran Calvo la arropa con su impecable actuación, convirtiendo aquel tándem en una de las parejas más cómplices del actual panorama teatral madrileño.

 

El movimiento de los actores en el escenario y esa coreografía dotada de voz y marcada por Antonio Gil, tiene una fuerza absoluta. Es un personaje más, igual de importante que el texto o las miradas. The Blue Stage Family se encarga de la escenografía y la iluminación, sobria pero suficiente, no necesitas más que lo que ves, y lo que intuyes. El vestuario de Aubele y el apoyo técnico de Óscar Alonso cierran esta magnífica puesta en escena de Kendosan Producciones.

¿Cómo sabes cuando una obra de arte está predestinada a serlo? ¿En qué momento y por qué se convierte en algo vivo que mueve y remueve, que para bien o para mal se ha colado por un resquicio de tu cabeza? Seguramente estas sean preguntas sin respuestas, tal vez sean algunas de las aristas de un poliedro de infinitas caras. Pero hay algo que diferencia unas historias de otras, y es ese poso que dejan a modo de huella y que genera debate.  Cuando eso que llamamos fondo de una obra es tan variable como el número de espectadores que la viven, es que cuanto menos, estamos ante una propuesta significativa.

Todo ello bajo la soberbia batuta de Fernando Soto, una dirección que logra que el público quiera levantarse de la butaca y gritarle  a esta pareja qué opción es la más adecuada, o no. Un trabajo de dirección muy centrado en los personajes, en los actores, en definitiva muy de la mano del propio autor. Asimismo destaca la escenografía y la iluminación sobria, perfecta para que el baile entre Marianne y Roland concluya bello.

 

Lo que hacen Fran Calvo e Inma Cuevas es inenarrable, están espléndidos y generosos con el otro. Realizan ambos un gran trabajo de cuerpo en lo que ya hemos comentado que viene a ser una suerte de danza. Pero sobre todo regalan verdad a los personajes y por supuesto al respetable. Dos animales escénicos que se acarician teatralmente.

 

Todo ello hace que “Constelaciones” sea, en resumidas cuentas, una obra memorable de las que es recomendable ver más de una vez. Les parecerá tierna, sincera, triste, poética, grande y pequeña a la vez.

La trama es sencilla, pero el verdadero potencial reside en esa forma tan original de contarla. Esta es la que la convierte en una propuesta diferente, innovadora y, por consiguiente, arriesgada. Pero cumple. Y llena. Y emociona. Y hace que salgas del espectáculo sobrecogido, con la cabeza aún metida en la historia. Como si estuvieras saliendo de un sueño. O de otra realidad.

 

Resulta muy sencillo empatizar con los dos personajes, ya que ambos pueden recordar perfectamente a cualquier persona de nuestro entorno, o incluso a nosotros mismos.  Personajes con sus miedos, sus sentimientos, sus sueños y sus frustraciones, sus virtudes y sus defectos. Es un texto complicado a nivel interpretativo, que requiere muchísima energía –me pregunto cuántas veces se pone y se quita Inma Cuevas los zapatos-. Pero en general ambos actores llegan a estar a la altura.

También merece mención la dirección de Fernando Soto, que ha sabido mantener el ritmo rápido de la obra dejando también tiempo para el congojo y la emoción. La escenografía no cuenta con más que un plafón blanco sobre el que se encuentran los actores, pero las diferentes iluminaciones ayudan y mucho, no tanto a recrear espacios sino a representar  de forma visual las emociones.

 

 

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